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El COVID-19 así ataca al cerebro

La “niebla cerebral” y otros efectos de larga duración aquejan a los sobrevivientes del COVID-19 y podrían provocar un pronunciado aumento en la demencia y otros trastornos neurodegenerativos en las próximas décadas. Los científicos comienzan a desentrañar el misterio.

GABRIEL de Erausquin comenzó a preocuparse por el impacto a largo plazo del COVID-19 en el cerebro cuando leyó los primeros informes provenientes de Wuhan, China, en enero pasado, según los cuales los sobrevivientes habían perdido su sentido del olfato y del gusto. Para un neurocientífico como De Erausquin, la repentina pérdida de dos de los cinco sentidos fue una “señal de alerta”.

Su preocupación pronto se convirtió en alarma. Una de sus residentes médicas, una joven madre de poco más de 30 años diagnosticada con COVID-19 que había experimentado complicaciones respiratorias, fiebre y agotamiento, fue obligada a mantenerse en cuarentena lejos de sus hijos pequeños en un cuarto de hotel durante un mes. Conforme sus síntomas agudos comenzaron a desvanecerse, lo que más le preocupaba de la experiencia no era la separación en sí misma, le dijo a De Erausquin, sino cómo se sentía al respecto: totalmente desapegada.

“Desde el punto de vista cognitivo, se dio cuenta de que debía estar más preocupada por sus hijos, debía estar más preocupada por su trabajo”, recuerda De Erausquin. “Pero no podía importarle menos. Tenía la falta de olfato, la falta de gusto, y ese profundo distanciamiento emocional que le molestaba mucho. Es muy difícil explicar el tipo de desapego emocional, de disociación emocional, sin que algo suceda en la amígdala”.

La amígdala es una región en lo profundo del cerebro que se considera sede de las emociones. Para De Erausquin, experto en trastornos neurodegenerativos del Centro de Salud de la Universidad de Texas, en San Antonio, esta y otras observaciones sobre la relación entre el COVID-19 y los trastornos cerebrales se volvieron más urgentes durante el año anterior. Pacientes que aparentemente se habían recuperado del COVID-19 y habían excedido con mucho la edad en la que se esperaría que la esquizofrenia comience a manifestarse experimentaban brotes psicóticos.

Otros pacientes informaron sobre extraños síntomas neurológicos: temblores, fatiga extrema, olores fantasmas, vértigo y periodos de profunda confusión, una disfunción conocida como “niebla cerebral”. Comenzaron a aparecer cada vez más informes en las revistas médicas, lo que demostraba que esos problemas se extendían mucho más allá de Texas. En un estudio temprano con más de 200 pacientes realizado en Wuhan se identificaron complicaciones neurológicas en 36 por ciento del total de casos y en 45 por ciento de los casos graves. En otro estudio realizado en Francia y publicado en The New England Journal of Medicine se informó sobre síntomas neurológicos en 67 por ciento de los pacientes.

Es demasiado pronto para decir cuáles serán los efectos a largo plazo del COVID-19 en la salud cognitiva de los sobrevivientes. Sin embargo, los científicos temen que los efectos duraderos de la enfermedad puedan provocar un pronunciado aumento en los casos de demencia y otras enfermedades neurodegenerativas en las próximas décadas. Además, un creciente número de personas que experimentan los síntomas del COVID-19 durante largo tiempo cumple con los criterios médicos del síndrome de fatiga crónica (SFC), una misteriosa enfermedad, también conocida como encefalomielitis miálgica, que se caracteriza por fatiga extrema, intolerancia al ejercicio y una gran variedad de síntomas neurológicos extraños y debilitantes. Antes del COVID-19, el SFC afectaba a 2 millones de personas solo en Estados Unidos.

Si las personas que experimentan las secuelas del COVID-19 durante largo tiempo siguen la trayectoria de quienes padecen el síndrome de fatiga crónica, entre 10 y 30 por ciento de las personas infectadas por el virus SARS-CoV-2 podrían experimentar síntomas a largo plazo; serían varios millones adicionales de personas que padecen la enfermedad, afirma Avindra Nath, director clínico del Instituto Nacional de Trastornos Neurológicos y Accidentes Cerebrovasculares (NINDS, por sus siglas en inglés).

En meses recientes, el sistema médico ha comenzado a responder tardíamente a la crisis. Mientras que en los primeros meses el COVID-19 era considerado principalmente un virus respiratorio, actualmente se reconoce cada vez más su efecto en otros órganos, entre ellos, el cerebro. Además, los medios de comunicación han comenzado a dirigir cada vez más la atención hacia la difícil situación de quienes experimentan las secuelas de esta enfermedad a largo plazo, así como sus síntomas cognitivos.

“El descubrimiento de que existe un efecto neurológico ha sido realmente reciente”, afirma Nath. “Yo he tratado de llamar la atención sobre ello durante bastante tiempo. Los pacientes se han quejado de ello durante meses, pero los científicos no han hecho nada al respecto”.

Esto ha comenzado a cambiar. En las últimas semanas se anunciaron varias iniciativas a gran escala para estudiar el problema. Por ejemplo, en diciembre pasado, el Congreso estadounidense asignó aproximadamente 1,500 millones de dólares a ese organismo para la investigación del COVID-19, los cuales se emplearían a discreción del director Francis Collins. Aunque aún no ha declarado si pretende financiar investigaciones neurológicas, funcionarios del organismo dijeron a Newsweek que los Institutos Nacionales de Salud (NIH, por sus siglas en inglés) probablemente apoyarían estudios a largo plazo donde se examinen distintas trayectorias de recuperación. (Los funcionarios hablaron sin atribución y declinaron dar detalles porque los planes aún están en desarrollo). Un vocero de los NIH confirmó que esos organismos “expandirán sus esfuerzos para determinar el alcance de los síntomas posagudos del COVID-19, comprender el proceso biológico que interviene y, finalmente, probar métodos para prevenir y tratar dichos síntomas”.

Mientras tanto, los neurocientíficos hacen lo que pueden y centran sus esfuerzos en formas de intervención temprana al inicio del COVID-19 con tratamientos que minimizan el daño cerebral a largo plazo. Una vez que los pacientes han vivido durante meses o años con el síndrome, el tratamiento es más difícil. “Eso es lo que queremos evitar”, dice el Dr. Walter Koroshetz, director del NINDS. “Cuanto más pronto podamos intervenir, mayor será el efecto que podría tener la intervención. Para las personas que se recuperaron hace dos o tres años y que se siguen sintiendo enfermas, será más difícil mejorar”.

UN PANORAMA DEVASTADOR

La relación entre los trastornos neurológicos crónicos y los virus infecciosos ha confundido desde hace mucho tiempo a los científicos. Después de la epidemia de gripe española de 1918 se calcula que un millón de personas en todo el mundo desarrollaron un misterioso síndrome neurológico degenerativo conocido como encefalitis letárgica, que provocaba rigidez muscular semejante a la de la enfermedad de Parkinson, además de psicosis y, en algunos casos, un estado como de zombi. El neurólogo y escritor Oliver Sacks habló de ese síndrome en el libro en el que se basó la película de 1990 Awakenings (Despertares). Aún no se comprende totalmente la causa de este trastorno, que se prolonga por décadas.

Antes de la introducción de los tratamientos antivirales para el VIH en la década de 1980, alrededor de 25 por ciento de los pacientes infectados presentaban demencia. El virus del sida generalmente invadía el cerebro en las primeras dos semanas después de la infección, escabulléndose a través de las células inmunes infectadas e inundando el cerebro con proteínas neurotóxicas capaces de arrojar desperdicios en amplias zonas del cerebro, de acuerdo con Lena Al-Harthi, del Colegio Médico Rush de Chicago.

Después de los brotes de SARS en 2003 y de MERS en 2012 se encontró en las autopsias que los patógenos habían penetrado en el cerebro de algunas de las víctimas. Mientras tanto, Nath, del NIND, actualmente da seguimiento a 200 antiguos pacientes de ébola en Liberia que todavía sufren un misterioso conjunto de síntomas neurológicos crónicos que no parecen mejorar con el paso del tiempo.

Los primeros esfuerzos para investigar el extraño efecto que el COVID-19 parece tener en el cerebro de algunas víctimas fueron entorpecidos por los peligros de realizar autopsias en pacientes fallecidos por la infección de un mortífero patógeno que se propaga a través del aire. En los primeros nueve meses de la pandemia los médicos realizaron únicamente 24 estudios en los que se llevaron a cabo autopsias cerebrales a 149 personas, de acuerdo con una reseña.

Aun así, esos primeros estudios, junto con algunos más recientes, están comenzando a dar pistas.

Clare Bryce, patóloga de la Facultad de Medicina Icahn de Mount Sinai, forma parte de un equipo que hasta ahora ha logrado examinar el cerebro de 63 pacientes a los que se han practicado autopsias. El equipo trabaja en una sala sellada, especialmente equipada con un sistema de ventilación diseñado para evitar que el aire se escape, y a la que puede acceder un solo patólogo a la vez ataviado con un traje protector de cuerpo completo y un protector facial.

En abril pasado, Bryce y sus colegas detallaron el caso de un hombre de ascendencia hispánica de 74 años que llegó a la sala de urgencias confundido tras experimentar varias caídas en su casa y, durante los siguientes días, se mostró variablemente “alerta, agitado y combativo”. Murió en el undécimo día. Cuando Bryce y su equipo examinaron su cerebro, este lucía cruzado por zonas de neuronas encogidas, decoloradas y desoxigenadas tan recientes que aún no habían sido descompuestas por el equipo de mantenimiento del cerebro; ellos vieron esas condiciones en aproximadamente la cuarta parte de los otros 62 cerebros que examinaron en los meses siguientes. En 11 pacientes más, Bryce y su equipo encontraron pruebas de áreas de devastación y muerte celular que tenían por lo menos un par de semanas de antigüedad. Algunos cerebros estaban inflamados o atravesados por vasos sanguíneos obstruidos.

“En ocasiones observamos una amplia zona de tejido muerto, pero más comúnmente, este es bastante pequeño e irregular en el perímetro de la corteza, y también en la superficie profunda del cerebro”, afirma Bryce. “Algunos lucían como si estuvieran anémicos, otros carecían de oxígeno y otros más presentaban hemorragias”.

Nath, del NINDS, encontró daños similares en los tejidos cerebrales de 16 personas fallecidas que le envió la oficina del Examinador Médico de la Ciudad de Nueva York, los cuales analizó a través de microscopios de alta potencia. Publicó los resultados en The New England Journal of Medicine.

Muchos pacientes que Nath examinó murieron repentinamente antes de buscar atención médica (uno de ellos fue encontrado en el metro, otro había estado jugando con su hermana pequeña), lo que lo llevó a concluir que sus síntomas eran tan leves que ni siquiera sabían que estaban enfermos. Sin embargo, Nath también descubrió que sus cerebros mostraban daño neurológico, inflamación y vasos sanguíneos rotos.

La causa exacta de esta devastación sigue siendo objeto de un acalorado debate entre los neurocientíficos. Tampoco está claro si el daño encontrado en los cerebros de las personas muertas por COVID-19 agudo se ve reflejado en quienes han sufrido casos más leves y que desde entonces se han visto aquejados por misteriosas secuelas neurológicas. Las respuestas a estas dos preguntas podrían tener importantes implicaciones para los tratamientos futuros.

UNA INVASIÓN DEL CEREBRO

Existen teorías opuestas sobre cuál podría ser la causa del daño cerebral en el COVID-19, pero hasta ahora los científicos están más preocupados por dos de ellas: la infección viral y las reacciones autoinmunes. Ambas no son mutuamente excluyentes y podrían existir otras causas que varían de un caso a otro.

La posibilidad más ominosa es que el SARS-CoV-2 se aloje en las neuronas, lo cual parece ser así en otras enfermedades virales relacionadas con problemas neurológicos crónicos. Eso haría que fuera más probable que, a largo plazo, el virus del COVID-19 pudiera contribuir al desarrollo de trastornos neurodegenerativos. Los estudios realizados en poblaciones amplias indican que existe una relación entre las infecciones virales comunes, como el virus del herpes simple, y los procesos a escala molecular que se observan en la enfermedad de Alzheimer y en la demencia, afirma el neurocientífico De Erausquin. Los estudios también muestran que algunos virus se alojan en el cerebro, permanecen latentes durante un tiempo y finalmente resurgen.

Fue por ello que De Erausquin se mostró tan alarmado desde el principio: temía que los desconcertantes síntomas clínicos que observaba pudieran explicarse mediante la anatomía cerebral. La pérdida del olfato indicaba una posible infección en el bulbo olfatorio, una pequeña región del cerebro a la que se accede a través de la nariz. El bulbo olfatorio se encuentra cerca de las áreas del cerebro que intervienen en la memoria y en el procesamiento emocional, lo que podría explicar la “niebla cerebral” y la extraña disociación emocional descrita por su pasante médica en los primeros días de la pandemia.

Los científicos temen que los prolongados efectos del COVID-19 provoquen un pronunciado aumento en los casos de demencia y otras enfermedades neurodegenerativas en las próximas décadas. Foto: Design Cells/Getty

Desde entonces, los científicos han encontrado otra razón para temer a los efectos cerebrales del COVID-19. Aunque inicialmente se pensó que se trataba de una enfermedad principalmente respiratoria, ahora se sabe que tiene varias similitudes con el cáncer en cuanto a que tiene la capacidad de hacer metástasis, afirma el Dr. Carlos Cordon-Cardo, director del departamento de patología del Sistema de Salud de Mount Sinai en la Ciudad de Nueva York. El virus utiliza sus famosas proteínas en forma de pico como ganchos para adherirse a los receptores de ACE2 que están presentes en muchos tipos de células humanas.

“Aunque entra por la nariz, el virus puede llegar a los pulmones, los riñones, el hígado y el cerebro porque se introduce en los vasos sanguíneos, circula, viaja por esos túneles”, dice Cordon-Cardo. “Y luego, puede encontrar un sitio específico para producir una medida de daño orgánico”.

Un ejemplo alarmante de la posible destrucción que esto puede provocar proviene del laboratorio de Akiko Iwasaki, una inmunobióloga de Yale. Ella y sus colaboradores crearon pequeñas colonias de neuronas derivadas de células madre y las células que les dan soporte, y luego, expusieron estos “organoides” al virus del COVID-19. Este infectó rápidamente algunas de las neuronas, las cuales entraron en un estado de aceleración metabólica y ordenaron a la maquinaria celular que produjera copias del virus. En esta frenética reproducción viral, las células infectadas “absorbieron todo el oxígeno” del área, privando lentamente a las neuronas circundantes de los nutrientes esenciales y enviándolas en una espiral de muerte.

Este efecto “transeúnte” también se observó en los experimentos realizados en organoides cerebrales que llevó a cabo Alysson Muotri, catedrático de pediatría y medicina celular y molecular de la Universidad de California en San Diego. Cuando expuso sus colonias de organoides al SARS-CoV-2 descubrió que el virus infectaba únicamente a unas cuantas neuronas, pero que esto tenía un enorme impacto. En 48 horas, el virus había acabado con 50 ciento de las conexiones sinápticas entre distintas células, lo cual podría desatar el caos en un cerebro vivo.

Los virus que se esconden en las neuronas podrían ser responsables del inicio tardío de algunos síntomas neurológicos. Muotri sospecha que estas células infectadas podrían liberar algún tipo de moléculas neurotóxicas o proinflamatorias capaces de dañar las células que las rodean.

Sin embargo, las pruebas de la hipótesis de la infección cerebral presentan inconsistencias. En una autopsia realizada a tres pacientes con daño cerebral, Iwasaki y sus colaboradores encontraron que solo uno de ellos había sido infiltrado claramente por el patógeno. En los 63 cerebros que Bryce examinó, encontró fragmentos virales únicamente en uno, perteneciente al paciente de origen hispánico. Y en el NINDS, Nath no ha sido capaz hasta ahora de encontrar ningún signo de infección cerebral, un resultado al que califica como “un gran misterio”.

“Me especializo en las infecciones del sistema nervioso, así que en cada pandemia he estudiado el cerebro”, dice Nath. “Me sorprendió mucho que no hubiera un virus que pudiera detectar”.

EL SISTEMA INMUNE PIERDE CONTROL

Nath sospecha que algunos de los síntomas a largo plazo se podrían explicar mediante una hipótesis que él respalda con respecto a la causa del síndrome de fatiga crónica: la infección ha dejado a sus víctimas con una activación persistente del sistema inmune, que ha llevado al cuerpo a un estado de guerra de baja intensidad consigo mismo. De hecho, las muchas formas en las que se manifiesta el COVID-19 agudo en los pacientes se puede explicar según la forma en que el sistema inmune de cada individuo reacciona ante la enfermedad. Lo mismo podría ser cierto en quienes sufren síntomas crónicos.

Estas dos hipótesis para explicar el COVID-19 a largo plazo (autoinmunidad e infección cerebral directa) no son “mutuamente excluyentes” señala Iwasaki. de Yale.

La inmunobióloga examinó el impacto de una clase especial de células inmunes denominadas “autoanticuerpos”, que son asesinos celulares a escala molecular que parecen estar especialmente diseñados y dirigidos para buscar y atacar proteínas producidas por el propio cuerpo del paciente. Tras analizar autoanticuerpos basados en muestras de sangre obtenidas de 194 pacientes y trabajadores de salud infectados con el virus, y compararlas con muestras de sangre extraídas a 30 trabajadores de salud no infectados, descubrió que los pacientes con COVID-19 mostraban “grandes incrementos” en la actividad de sus autoanticuerpos, y en muchos casos estas células especializadas atacaban a las células inmunes. De los 15 pacientes que fallecieron durante el estudio, se encontró que todos, excepto uno, liberaron autoanticuerpos en otros elementos del sistema inmune que son necesarios para combatir efectivamente la enfermedad.

Lee más: Recuperación del covid-19: ¿cómo puedes volver a ejercitar después de haber tenido coronavirus?

Los autoanticuerpos también parecían atacar a las moléculas que intervienen en la coagulación de la sangre, el del tejido conectivo y en las células del cerebro y del sistema nervioso, identificándolas erróneamente como patógenos invasores que tienen que ser eliminados. En diciembre, Iwasaki publicó un informe en la revista emblemática de la Asociación Médica Británica.

Los ataques indirectos podrían ser responsables del daño celular al tejido cerebral que se observa en las autopsias. Según algunos cálculos, el cuerpo humano tiene cerca de 96,560 kilómetros de vasos sanguíneos, y los receptores de ACE2, que son el objetivo de las proteínas “spike” del SARS-CoV-2, se encuentran por todas partes en las células endoteliales que cubren la superficie externa de esos vasos sanguíneos.

“El cerebro”, observa Koroshetz del NINDS, “es el órgano más vascularizado del cuerpo. Es básicamente como una gigantesca y complicada maraña de vasos sanguíneos”.

La destrucción de la cubierta externa de los pequeños vasos capilares del cerebro, que se ha detectado en varias autopsias, podría romper la barrera entre la sangre y el cerebro, provocar fugas, causar coágulos sanguíneos y hacer que todo el cerebro se inflame “casi como una esponja puesta en agua”.

“En sí mismo, este es un problema porque permite que cosas que no deberían entrar en el cerebro, además de la sangre, penetren en ese órgano, y esto puede causar problemas relacionados con la función del tejido cerebral”, afirma Koroshetz. “También provoca una respuesta inflamatoria para tratar de detener el daño o absorber las proteínas que han penetrado y que no deberían estar ahí”.

Además de los patógenos, esta ruptura puede permitir la infiltración descontrolada de leucocitos, a los que Koroshetz describe como los “tanques” del sistema inmunológico, porque atacan las áreas infectadas con mucho más poder y mucha menos especificidad que los anticuerpos específicos del COVID, que son los “misiles guiados” del arsenal inmunológico.

El proceso para verificar estas hipótesis, y muchas otras que habrán de surgir del estudio de la enfermedad, apenas comienza.

MÁS TRABAJO QUE HACER

Gabriel de Erausquin y otros especialistas en el cerebro han sido incapaces de lograr que las personas escuchen sus preocupaciones y aporten el dinero necesario para responder lo que ellos consideran una serie de preguntas urgentes. Estas tienen que ver no solo con los efectos a largo plazo que el COVID-19 tendrá en el cerebro de los sobrevivientes, sino también en qué medida los síntomas neurológicos crónicos se sumarán a la carga que se espera que imponga en los sistemas de salud la población que envejece rápidamente en las próximas décadas.

Esto podría estar cambiando. En las últimas semanas, los medios han dirigido su atención a las personas que experimentan las secuelas del COVID-19 durante largo tiempo y a los extraños síntomas neurológicos que persisten después de que el virus ha sido eliminado de su cuerpo.

El mes pasado, De Erausquin y sus colegas de todo el mundo revelaron un plan para realizar un estudio de investigación masivo e internacional en el que intervendrán investigadores de más de 30 naciones y hasta 40,000 participantes, en el que se dará seguimiento a los sobrevivientes durante los próximos años. El estudio, que inicialmente recibirá financiación de la Asociación para el Alzheimer y apoyo de la Organización Mundial de la Salud y, con suerte, de las autoridades sanitarias nacionales de todo el mundo, tiene como objetivo explorar la causa de los misteriosos efectos que el COVID-19 parece tener en el cerebro, y rastrear su impacto a largo plazo.

Científicos han observado en el laboratorio cómo el SARS-CoV-2 infecta las neuronas. El virus hace que estas células entren en un estado de aceleración metabólica y ordenen a la maquinaria celular que produzca copias del virus en un frenesí de reproducción viral. Foto: NIAID

Es posible que se realicen otros estudios. El NIH ha asignado aproximadamente 1,500 millones de dólares en fondos relacionados con el COVID a través del más reciente proyecto de ley de alivio para el COVID-19 y probablemente financie un estudio a gran escala con el fin de examinar la cuestión de lo que constituye una “recuperación normal” y lo que la diferencia de la experiencia de quienes padecen las secuelas del COVID-19 durante largo tiempo, señala Koroshetz del NINDS. Y los investigadores están en proceso de establecer métodos de recopilación y procedimientos de estandarización entre cuatro grupos diferentes que dan tratamiento a cientos de pacientes que padecen las secuelas del COVID-19 durante largo tiempo, entre ellos, el Hospital Mount Sinai, en los que se examinarán los síntomas neurológicos con la esperanza de encontrar sus causas, de acuerdo con Iwasaki.

La investigación que comience con las observaciones en las primeras etapas de la enfermedad podría ser “una excelente oportunidad” de aumentar la comprensión del síndrome de fatiga crónica y otros trastornos cerebrales, afirma Nath. Sin embargo, advierte que los conocimientos no necesariamente se producirán en forma fácil.

“Miremos al alzhéimer; le asignamos miles de millones de dólares cada año, lo hemos estudiado durante décadas, y ni siquiera sabemos cómo diagnosticar esta enfermedad, y mucho menos cómo tratarla”, dice. “Descifrar las enfermedades neurológicas no es una tarea fácil. Requiere tiempo”.

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9 cosas que no daban miedo antes de la pandemia pero que ahora tal vez sí

Para la mayoría de las personas, las interacciones sociales y las salidas antes de la pandemia solían ser despreocupadas. Las extrañamos, y esa es una gran razón por la que anhelamos que termine la pandemia. Pero cuando la vida se estabilice en la nueva, nueva normalidad, ¿cómo nos sentiremos realmente al reanudar las actividades que solíamos hacer, como salir a cenar o dar la mano?

El mundo aún no es completamente seguro, pero las personas vacunadas en los estados que han reabierto hasta cierto punto pueden encontrarse en un entorno extraño y estresante.

Personas con trastorno obsesivo-compulsivo y rituales de limpieza, traumas o trastornos de ansiedad pueden tener dificultades para volver a aclimatarse.

«Lo que era familiar ya no parece tan familiar», dijo Lynn Bufka, directora senior de prácticas de transformación y calidad en la Asociación Estadounidense de Psicología. «Desde hace casi un año, hemos recibido mensajes de no permanecer con los demás, de guardar distancia … luego la idea de que, ‘Oh, hay formas en las que podemos estar con los demás y está bien’, esa es nueva información con la que hay que reconciliarse. Por lo tanto, es comprensible que se sienta diferente, al menos, si no provoca ansiedad o es estresante».

La ansiedad puede servir como una advertencia sobre situaciones a las que debemos prestar atención y tener cuidado, agregó Bufka. Estas son las experiencias y lugares que pueden causar aprensión a medida que el mundo reabre, y los consejos que tienen los expertos para manejarlos.

Contacto visual

Si has hecho distanciamiento físico en casa, es probable que las únicas personas con las que hayas hecho contacto visual últimamente sean con quienes compartes el hogar, los cajeros en las tiendas y los compañeros de trabajo a través de una pantalla.

En un futuro sin máscaras, «es posible que desees mirar hacia abajo porque tienes miedo», dijo Jane Webber, profesora asistente de consejería en educación y coordinadora del programa de doctorado en la Universidad de Kean en Nueva Jersey. «Generalmente, el simple contacto visual y una pequeña sonrisa que yo llamo la ‘sonrisa de Mona Lisa’, llena a la gente con un sentimiento realmente agradable. Ellos reflejarán lo que haces».

El contacto visual es la interacción más fácil para comenzar porque nos reintroduce a conectarnos y mostrar que nos importa, explicó Webber, quien enseña sobre el trauma, el estrés y las habilidades para afrontar situaciones.

Estar entre multitudes

Si recientemente has visto una película grabada antes de la pandemia, es probable que las escenas de la multitud parezcan un poco extrañas. Si bien todavía estamos lejos de las grandes reuniones, es posible que pronto te encuentres en lugares cada vez más abarrotados como el supermercado o en el transporte público.

Como psicóloga, un «círculo de espacio protector» es algo que Webber les ha enseñado a los estudiantes. «Ponemos una cuerda o una cinta en el suelo y (preguntamos), ‘¿Qué tan grande es el círculo que necesitas para sentirte seguro en medio de una multitud?’ La mayoría de la gente dirá: ‘Necesito algo de espacio frente a mí o a mis lados’».

Una vez que hayas decidido cuánto espacio necesitas, usa estratégicamente tus codos o piernas o un objeto, como una bolsa de compras o un carrito de compras, para crearlo. Cuando necesites que las personas respeten tus límites, diles amablemente: «Solo necesito un poco más de espacio».

Si sientes pánico, Webber sugirió concentrarse en tu respiración y decirte a sí mismo: «Voy a salir de esto en unos minutos». Muévete lentamente entre la multitud y hacia los bordes hasta que encuentres espacio.

Dar la mano y abrazar

En los primeros días de la pandemia, el apretón de manos era un tema de debate. Ahora, la mayoría de la gente simplemente no lo hace. El Dr. Anthony Fauci, director del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas de EE.UU., recomendó encarecidamente romper –de una vez por todas– con esta antigua norma cultural. A medida que la gente se reúne con más frecuencia, si te encuentras con alguien que te tiende la mano, el factor de los gérmenes puede hacer que quites la mano instintivamente.

«Somos gente social», dijo Webber. «Usted (podría) extender la mano y luego retirarla, y le decimos a la gente que es un sentimiento natural».

Si en este momento te sientes ansioso, agitar o un toque con los codos está bien, dijo Webber. «Hazle saber a la gente que todavía estás un poco nervioso», agregó. «Al hacer eso, hemos establecido una conexión y ellos (tendrán) empatía».

La idea de un abrazo puede ser incluso más aterradora. De todos modos, en este año de distanciamiento físico, nos hemos convertido en «hambrientos de conexión», afirmó Webber. Pero todavía no es el momento de abrazar a todos los que veas. Si tú o alguien fuera de tu hogar a quien quieres desea la calidez del toque afectuoso, date un abrazo de «mariposa» envolviendo tus brazos alrededor tuyo, golpeando cada hombro y «enviándolo» a esa persona. Si alguien se inclina para darte un abrazo, expresa amablemente tus preocupaciones y dale un abrazo de mariposa en su lugar.

Que te inviten a una cita

Si estás comprando un café para llevar y alguien te invita a salir, tu cerebro podría sacudirse para saber cómo responder a una solicitud tan poco familiar en este momento.

Puedes tomarlo con calma si no estás listo, señaló Bufka. Si lo deseas, podrías sugerir que comiencen intercambiando números de teléfono y luego progresen con citas virtuales.

Nuevas relaciones íntimas

Pasar del coqueteo a la primera cita puede parecer un arte perdido. Además, es posible que la pandemia haya agregado algunas preguntas inusuales a tu lista de conociendo-a-alguien: ¿Se ha vacunado a esta persona? ¿Qué piensa de la vacuna y las mascarillas por el covid-19? ¿Cómo se ha comportado durante la pandemia? ¿Será asintomática?

Esas preguntas son en realidad exactamente lo que debes hacer para saber si tu interés amoroso comparte tus valores y si quieres que la relación vaya más allá, indicó Bufka. Las respuestas de tu cita indicarían si ambos están de acuerdo con el nivel de riesgo, qué precauciones tomar y qué riesgos están bien.

Acércate a la conversación con gentileza, humildad y sin juzgar, aconsejó Bufka. Comparte qué comportamientos has tratado de priorizar durante la pandemia y por qué, y si sientes curiosidad por saber qué ha hecho la otra persona. Si piensas en algo más serio, «poder tener una conversación como esa es algo que te gustaría poder hacer», agregó Bufka.

Si estás nervioso por la intimidad física, reconocer eso está bien. “Es como, ‘Dios, ha pasado un año desde que besé a alguien. Casi que olvidé cómo hacerlo’. Puedes tomártelo con un poco más de gracia», comentó Bufka. Si aún no estás vacunado, sé honesto y di que no quieres poner en riesgo su salud.

Compartir espacios públicos

Estás sentado en un banco cuando alguien más te pide permiso para sentarse cerca de ti. ¿Deberías dejarlos? Si no lo haces, ¿qué podría pensar la otra persona de ti?

Antes de esas situaciones, podrías ensayar diciendo algo como: «‘Lo siento, todavía no estoy vacunada. Prefiero mantener la distancia’», señaló Bufka. Si ya estás vacunado, puedes preguntarte cuáles son tus preocupaciones y si todavía son realistas, según las guías de salud actuales.

Compartir objetos para ayudar a otros

Si alguien te pide que arranques su auto, probablemente querrás ayudarlo. Pero, ¿deberías hacerlo? Y si no lo haces, ¿quién lo hará?

Cambia la situación para que sea más cómoda, recomienda Jacqueline Gollan, quien tiene dos cátedras en la Facultad de Medicina Feinberg de la Universidad Northwestern en Chicago: una en psiquiatría y ciencias del comportamiento, y otra en obstetricia y ginecología.

«Da pequeños pasos para controlar tu ansiedad, socializar y mitigar el riesgo real», comentó Gollan por correo electrónico. Puedes tener desinfectante de manos y mascarillas disponibles para esas situaciones. «Si no puedes reducir tu ansiedad, mira si puedes cambiar tus predicciones negativas llevando tu ansiedad ‘a los tribunales’. Evalúa los datos que sugieren (si) tienes una alta probabilidad de enfermarte mientras te vacunas».

Servicios cosméticos y spa

Imagínate esto: la pandemia finalmente terminó y te encantaría relajarte con un masaje. Sin embargo, hay un problema: los servicios cosméticos y de spa pueden no sentirse tan relajantes incluso con la pandemia casi superada.

Preguntarle a la empresa qué precauciones han tomado, e ir a otro lugar si no cumplen con tus estándares, está bien.

Volver a la oficina

Aquellos de nosotros que todavía trabajamos desde casa hemos podido hacer nuestras propias cosas en términos de cómo y dónde trabajamos. No hemos tenido que preocuparnos por encontrarnos con personas y el riesgo de covid-19.

Al regresar a la oficina, lo que puede ser más aterrador es la pérdida de control sobre tu rutina y esa burbuja de salud, dijo Ravi S. Gajendran, presidente del departamento de liderazgo y gestión global de la Florida International University y profesor asociado en la Facultad de Negocios. Es posible que ya no estés acostumbrado a planchar tu ropa, a ser visible debajo de tus hombros e interactuar en persona.

Lo que puedes hacer es aceptar que la transición podría ser aterradora, disruptiva y lenta, dijo Gajendran. Concéntrate en estar preparado para lo que puedes controlar, que incluye llevar desinfectante para manos y usar una mascarilla.

Tienes que saber que el trabajo en la oficina probablemente será diferente en comparación con lo que era antes de la pandemia, debido a que algunas empresas han implementado cambios en los asientos o aplicaciones para registrar los síntomas de covid-19. Si tu lugar de trabajo no ha establecido políticas de seguridad claras, informa a tu supervisor sobre tus preocupaciones, dijo Kristen Shockley, profesora asociada de psicología en la Universidad de Georgia. Una organización que establece estándares «crea un entendimiento común y compartido», agregó. «Y las personas que podrían sentirse más cautelosas al respecto no deberían sentirse raras al tener que comunicar eso».

En general, “no seas tan duro contigo mismo” expresó Gajendran. Aquellos de nosotros que nos hemos confinado durante la mayor parte de la pandemia podemos sentirnos extraños y ansiosos por readaptarnos a la sociedad, pero estamos en el mismo barco y podemos (sin peligro) ayudarnos unos a otros a superarlo.

Fuente/CNN

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Deseas viajar a México durante la pandemia de covid-19: lo que debes saber antes de ir

Quintana roo – México

Si planeas viajar a México, esto es lo que debes saber y esperar si deseas visitar el país durante la pandemia de covid-19.

México está abierto a turistas. No es necesario proporcionar una prueba de PCR negativa ni hacer una cuarentena a la llegada, aunque la mayoría de los complejos turísticos piden a los huéspedes que completen cuestionarios de salud.

La frontera terrestre entre México y Estados Unidos está cerrada para viajes no esenciales hasta al menos el 21 de marzo. Sin embargo, los viajes aéreos están permitidos.

Los viajeros estadounidenses deben recordar que necesitarán un resultado negativo de la prueba de covid-19 tomada 72 horas o menos antes del viaje para regresar a EE.UU.

La Embajada de Estados Unidos dice que los resultados de las pruebas de PCR y de antígenos están disponibles de manera confiable en 72 horas en México.

¿Qué se ofrece?

Comida increíble, playas sensacionales, pueblos animados y ruinas históricas.

Si bien los resorts de playa alrededor de Cancún atraen a la mayor parte de los visitantes, aquellos que quieren más van por el peso cultural de la Ciudad de México, la costa de Baja California y pueblos tradicionales como Oaxaca.

¿Quién puede ir?

México tiene algunas de las restricciones fronterizas más flexibles, actualmente, y cualquiera puede viajar en avión por negocios o placer.

¿Cuáles son las restricciones?

Los viajeros al país deben completar un formulario de declaración de salud y escanear el código QR que genera a su llegada.

No es necesario realizar una prueba antes de la salida ni llevar a cabo ningún tipo de cuarentena. Aquellos preocupados de que puedan tener síntomas deben preguntar por la organización de salud Sanidad Internacional.

La frontera terrestre con Estados Unidos permanece cerrada a todos los viajes excepto los esenciales, mientras que la frontera sur con Guatemala también ha estado sujeta a cierres periódicos.

¿Cuál es la situación del covid?

México había registrado más de 2 millones de casos de covid-19 y más de 180.000 muertes hasta el 22 de febrero (aunque algunos creen que la cifra es más alta).

El presidente, Andrés Manuel López Obrador, ha sido criticado por adoptar un enfoque de laissez-faire frente al virus.

Las restricciones no han sido de gran alcance y la vida ha continuado con normalidad para muchos, lo que según los críticos ha llevado a tasas tan altas de muerte e infección.

¿Qué pueden esperar los visitantes?

México tiene un sistema de restricciones de semáforos de cuatro niveles, con rojo que significa restricciones máximas, naranja que limita la capacidad en espacios públicos y en el trabajo al 30%, amarillo que permite que se reanude todo el trabajo y que se realicen reuniones públicas, y verde que significa que allí no hay restricciones.

Mira un mapa codificado por colores aquí. https://datos.covid-19.conacyt.mx/#SemaFE

A partir del 22 de febrero, la mayoría de los estados se clasificaron como naranja. Solo el estado de Chiapas, en el sur de México, figuraba en verde.

La Ciudad de México, designada como naranja, ha tomado medidas estrictas, con restricciones fluctuantes en restaurantes y bares.

Es probable que los visitantes encuentren la situación diferente según el lugar del país al que viajen, con restricciones locales que varían.

Fuente/SemaFE

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coronavirus

AstraZeneca busca asociarse con Sputnik V gracias a la eficacia de su vacuna

AstraZeneca busca asociarse con Sputnik V gracias a la eficacia de su vacuna.

Ambas vacunas buscarán unir esfuerzos para mejorar la eficacia en inmunización de las personas contra el coronavirus.

Las autoridades rusas, que trabajaron en el desarrollo de la vacuna Sputnik V contra el nuevo coronavirus, hablaron sobre la producción del biológico y su capacidad, además de las dudas sobre su efectividad.

Sobre el tema se refirió Kirill Dmitriev, presidente del Fondo Ruso de Inversión Directa, quien destacó que Sputnik V “es una de las vacunas más seguras en el mundo”, según detalla El Economista de México.

Dmitriev se basó en que esta vacuna ya ha sido aplicada a millones de personas en el mundo y hasta el momento no se han registrado inconvenientes, además de que “el adenovirus humano, la plataforma que usa la vacuna, es un virus modificado y no puede reproducirse”, agregó.

De otro lado, Denis Logunov, director adjunto del Centro Gamaleya y miembro correspondiente de la Academia de Ciencias de Rusia, manifestó que en este momento son cuatro las plantas al interior de Rusia que llevan a cabo la producción del inmunizante, que han fabricado hasta ahora ocho millones de dosis y han sido aplicadas a tres millones de ciudadanos rusos.

De igual manera, el presidente del Fondo Ruso de Inversión Directa destacó que esta vacuna se puede fusionar con otras.

Específicamente en el caso de la desarrollada por AstraZeneca y Oxford, aseguró que, según la misma farmacéutica, el inmunizante de la compañía cuenta con una efectividad del 76 % en la primera dosis y del 82 % en la segunda, con un espacio de 12 semanas.

AstraZeneca busca asociarse con Sputnik V gracias a la eficacia de su vacuna.

No obstante, Kirill Dmitriev aseguró que si la fórmula de la farmacéutica se combina con Sputnik V, el porcentaje de efectividad tiende a ser más alto.

En días pasados, un equipo de expertos comenzó la investigación de los resultados de una mezcla entre la vacuna rusa contra el coronavirus y la hecha por AstraZeneca junto con la universidad de Oxford.

Dmítriev había dicho en entrevista con medios internacionales que estos resultados no se conocerían sino solo hasta marzo o abril. No obstante, en ese momento Rusia prometió que esa mezcla iría dirigida a combatir las nuevas variantes del virus que se han registrado en todo el mundo.

“Nuestra investigación conjunta con AstraZeneca, que esperamos comience la próxima semana, también tomará en cuenta las nuevas mutaciones del virus”, señaló el funcionario ruso. En ese sentido, había agregado, precisamente: “Creo que los resultados preliminares se podrían obtener ya en marzo o abril”.

Sobre Sputnik V, el jefe de la diplomacia de la Unión Europea (UE), Josep Borrell, destacó que es “una buena noticia para la humanidad” y espera que el regulador europeo pueda certificar su uso en ese territorio.

Mientras tanto, Bloomberg aseguró que posiblemente el fármaco es el “mayor avance científico” de Rusia desde la era de la Unión Soviética, luego de que la prestigiosa revista médica The Lancet publicó los resultados preliminares del ensayo fase III de esta vacuna, que mostraron que tiene una eficacia del 91,6 % en todos los grupos de edad.

En el artículo La vacuna de Putin, una vez despreciada, ahora es la favorita en la lucha contra la pandemia’, Bloomberg detalla que “los países están haciendo cola para recibir suministros de Sputnik V”.

La agencia de noticias subraya que al menos 20 países han aprobado su uso, entre ellos Hungría, estado miembro de la Unión Europea, y agrega que otros mercados clave, como Brasil e India, están cerca de hacerlo.

La semana pasada, la Organización Mundial de la Salud (OMS) otorgó su aprobación de emergencia a la vacuna anticovid de AstraZeneca, dándoles un nuevo impulso a las campañas de inmunización, que en América Latina, como en otras regiones, avanzan a diferentes velocidades.

El visto bueno a AstraZeneca allana el camino para la distribución de cientos de millones de dosis a países desfavorecidos privados hasta ahora de vacunas contra la covid-19.

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